Raúl Lazcano. Madrid.

    LAVUELTICA

    CREATIVO PUBLICITARIO. COPY SENIOR.

    Hola

    Hola

    este soy yo

    Creativo publicitario y, a estas alturas, copy con más de siete años de experiencia. Comencé mi carrera en Shackleton en 2007. Fueron casi cuatro años en los que se ganó todo: 3 veces Agencia de Marketing Directo en Cannes, Agencia del año en El Sol 2008. Una experiencia que me sirvió para dar el salto a DDB en 2011 como Senior con un pequeño equipo para supervisar. En un año y medio, el equipo se disolvió. Así que me dediqué durante unos meses a vivir lo que había perdido en horas extra.

    Cuando volví a la publicidad, a finales de 2012, probé en una agencia digital pequeña: Neolabels. Me sirvió para descubrir que necesito grandes proyectos. Así que en enero de 2014, decidí salir y trabajar como freelance hasta que encontrase un gran proyecto. Durante esos meses, trabajé para MRM//McCann y DoubleYou entre otros clientes. En julio de 2014, encontré el proyecto que buscaba: iniciar el departamento digital de Contrapunto BBDO, donde a día de hoy trabajo para Jazztel, Cepsa, Mercedes Benz o Loterías.

    Portfolio

    Este es mi trabajo

    cepsa navidad thumb Cepsa. Cada paso que das. Contrapunto BBDO
    shtapp1 Reporteros Sin Fronteras. ShutApp. Personal
    portada-atunes2-thumb Calvo. aTunes. DDB
    vw-polo-v-shazam Volkswagen Polo v. Shazam DDB
    pantuflas-thumb-2 Cepsa. Pantuflas ID. Shackleton
    Mundial-thumb Cepsa. Un mundial Winterlovers. Shackleton
    maldonado-thumb Cepsa. Solo un parte más, Maldonado. Shackleton
    Mototerapia-prensathumb Cepsa. Mototerapia. Shackleton
    seagramsthumb Seagrams. Quién es qué. DDB

    No todo es publi

    Relatos

    Esto es lo que escribo

    Las normas no escritas de las sillas

    Me dispongo a sentarme en una silla. Es la primera del día, y muy probablemente no será la única. Ayer estuve en siete.

    Esta primera es la del comedor. La uso para tomar cereales con leche, pero no hace ni dos minutos que me he levantado de la cama y creo que hoy no voy a sentarme tan rápido. Hoy voy a desayunar de pie. No es más cómodo, pero me siento más activo.

    En el autobús, tampoco me siento. Una señora mayor que viene detrás de mí piensa que voy a sentarme y se sorprende cuando agarro la barra y me apoyo en la barandilla. Me mira extrañada, me sonríe y me da las gracias.

    Llego a la oficina y me está gustando tanto el día que decido no sentarme. Viene mi jefe, y cuando me ve, me pregunta si he perdido algo. Le respondo que no, que estoy revisando un presupuesto y se va sin decirme nada más. Siento cómo se destensan los músculos de mi cuello por cambiar la postura de cada día. No pensaba que iba a ser tan agradable.

    Como suponía, a mi jefe se le había olvidado algo. Vuelve, mira la silla apartada y me dice que tenemos una reunión a las doce en la sala de conferencias, que no me olvide.

    Entro en la sala a las doce menos diez, por si hace falta que ayude en algo. Parece que no es necesario. Así que decido esperar apoyado en el respaldo de la última silla de la mesa, lo más lejos posible de quien preside. No voy a sentarme, así que prefiero no robar protagonismo.

    A menos dos minutos, la sala está completa y podemos empezar puntuales. Pero a en punto, mi jefe me pregunta por qué no tomo asiento. Le digo sonriendo que esta mañana he decidido no sentarme en todo el día. Él me dice que me siente, que la reunión va a durar un buen rato y le contesto que no me preocupa, que me está yendo sorprendentemente bien. Me dice que va a hablar él, le digo que no le voy a molestar y empieza.

    Cuando termina, me dice que me pase por su despacho. Voy directamente. Él se sienta y yo no. Me pregunta que qué pretendo. Me quedo extrañado. Le pregunto que a qué se refiere y me responde que a la actitud que estoy mostrando hoy. Le digo que estoy trabajando como todos los días. Me pregunta que si soy tonto. Yo debo no estar entendiendo algo y le vuelvo a preguntar que por qué me dice eso. Me recrimina que si estoy jugando con él y empiezo a asustarme porque se ha levantado de la silla y grita.

    Me grita que se la pela que sea el tipo más productivo de la oficina, que de él no se ríe ni su puta madre y que si me creo tan listo que cronometre el tiempo que me cuesta conseguir trabajo en la cola del paro. Le pregunto que si me está echando y me grita que me vaya. Lo repite varias veces, así que antes de que acabe la tercera ya estoy fuera del despacho. Ante los gritos, todo el mundo se ha levantado de la silla y me mira.

    Estoy bastante sorprendido. ¡Están todos de pie! Sonrío agradecido. Es un grato apoyo el de mis compañeros. Recojo mi escritorio y vuelvo andando a casa. No paseaba desde hace meses. Me sienta bien.

    El último viaje

    La semana pasada murió mi mujer. Hace exactamente siete días. Los días que mi familia, mis amigos y las demás personas con las que he compartido mi vida han necesitado estar junto a mí para quedarse tranquilos.

    Hoy estoy solo. Y lo peor de todo es que toda la fortaleza que me había prometido no existe. Supongo que solo era un contrato que tenía firmado con ella y que ahora también está enterrado varios metros bajo tierra.

    Cuando todavía vivía, era fácil mirarla a los ojos y decirle con una sonrisa sincera que su muerte era lo de menos, que todo es efímero en esta vida y que lo importante es disfrutar del viaje. Ahora paso las horas preguntándome si mi viaje ya tenía los billetes cerrados desde el comienzo. Y si es por eso, que durante años he montado en autobuses pequeños, haciendo viajes cortos y pobres, porque debía estar aquí cuando llegara ella, para encontrarla y proponerle hacer el viaje de nuestra vida. El viaje de la vida que yo entonces poseía y le contagié.

    Araño la tierra que tengo bajo mis pies. Hoy he venido a verte. Escarbo como si fuese a encontrar un tesoro, arrodillado, de la misma forma que podría pedirte algo que siempre supe que ibas a rechazar. Recuerdo las horas que he pasado así, buscándote entre las sábanas mientras tú luchabas por esconderte. Tímida.

    Estas piedrecitas, color escarlata, podría haberlas traído yo mismo de aquellas playas de Santorini, ¿las recuerdas? Tú dirías que es arena, pero no lo son y no insistas. Ya no importa nada de eso. Ay, seguramente estés inquieta y hasta un poco molesta porque no estoy en casa, haciendo mi vida, como tantas veces me repetiste que debía hacer. Lo sé. Pero qué quieres que le haga. Tú ya me conociste así.

    Sabes lo mucho que disfrutaba de nuestros paseos por el parque. De esas conversaciones sobre escritores que admirábamos y otros que me presentabas, que yo no conocía y ya no podré leer.

    Recuerdo cada una de las terrazas que hemos cerrado, bebiendo café a unas horas, cerveza a otras. Y cómo nuestros vecinos de mesa iban cansándose los unos de los otros y dejaban las sillas para que llegaran otros, con risas, y de nuevo acabásemos viendo cómo se marchaban sin nada que decirse, mientras nosotros seguíamos hablando de cómo estaba el mundo, cada uno encerrado en sus cosas y ninguno centrado en lo importante.

    ¿Porque qué es lo importante de todo esto? Lo discutimos en tantas ocasiones y yo siempre defendí lo mismo. Por eso estoy aquí. Tú te quedabas callada, aunque en el fondo lo sintieras exactamente como yo, porque sabías que esto iba a ocurrir. Mira, ya no puedo pensar en otra cosa. Te siento tan cerca que solo puedo seguir levantando estos pedruscos, que cada vez me pesan más.

    Aquí estás.

    Ven, blancucha. Que no he hecho nada de lo que te prometí. Pero es que no puedo. Espero que lo entiendas. Ahora todo es diferente. Ya no puedo despertarte con caricias mientras te miro a los ojos para que yo sea lo primero que vuelvas a ver. O clavarte los dedos aquí, en este punto exacto de tu costado, para que te recorra un escalofrío por todo el cuerpo y comiences el día protestándome, y queriéndome.

    En esta parte de la zanja, se está más oscuro que lo que siempre me ha gustado tenerte para mirarte. No alcanzo a verte con claridad, pero reconozco tus manos, delicadas, como las ramas de un árbol caduco, seco y frío, que amenazan con romperse a la menor brisa de otoño. ¿Cuántas semanas o meses habré estado agarrado a ti, así, tal y como estoy ahora?

    Mírate, es el vestido que tú elegiste, liso, rojo y azul, de algodón, y quizá un poco poliester. Fresco, porque, sin salir de casa, ya sabías del verano. Lo tenías todo preparado para que fuese más fácil para mí y mírame ahora.

    Trato de abrazarte. Solo han pasado unos días y ya te recordaba más pesada. Perdona, debo moverte un poco para hacerme un sitio. Así. Así puedo mirarte a los ojos. No, deja, tú duerme. No te preocupes por mí. Solo voy a mirarte un ratito más. Y acariciarte y peinarte el pelo. Y las cejas. Tocarte los labios que he mordido con rabia y amor a puñados cada vez que te pensaba en serio.

    No puedo arrepentirme de nada cuando me he sentido tan lleno durante este tiempo. Lo intento pero, por más que me esfuerzo, no consigo sostener los ojos que me atan ásperamente a esta realidad. Tú, tranquila, sigue durmiendo, que yo me quedo aquí, a tu lado.

    Carta por una moneda

    Apreciada Leticia, sé que no nos conocemos lo suficiente como para escribirnos. De hecho, tú no me conoces, y si yo sé tu nombre es porque he preguntado por el pueblo. Así que entiendo que esta carta no cambie nada entre nosotros.

    Hemos coincidido varias veces en la sociedad de Arbizu. Tú casi siempre vas con tus amigas y tomas un Trina de naranja sin hielo. Yo suelo ir con mi padre para controlar que no se toma más que las dos copas de vino que le han permitido los médicos y bebo agua o una Cocacola.

    Creo que la primera vez que nos vimos, o al menos que yo te vi, fue en la Semana Santa del 67, hace tres años, en la sociedad. Tú celebrabas con tus familiares el segundo día de Pascua. Parecíais felices y eso me gustó. No parabas de reír y abrías tanto los ojos que parecía que también quisieras reír con la mirada. En ese momento, pensé que era porque no tenías nada que ocultar, porque eres una buena persona. Y a día de hoy, todavía no he visto nada que me haga dudarlo.

    Si en este tiempo no he contactado contigo es porque pienso que la vida fluye y, en ese trajín, la propia vida bien sabe dónde poner a cada uno.

    Sin embargo, el viernes pasado hablamos por primera vez, o al menos tú me hablaste.

    Yo estaba con mi padre, apoyado en la barra, simplemente esperando a que terminase su vaso. No nos dirigimos la palabra en todo el rato. Tampoco lo quería. Por eso miraba fijamente las botellas de licores olvidados del fondo de la barra cuando tropezaste conmigo. Sin querer, te tiré el monedero justo cuando lo abrías para pagar. Si no te ayudé en ese momento ni me disculpé, no fue por desidia ni desprecio —vive Dios que no fue eso —, sino que no imaginé que fueras tú y, al verte de sorpresa, todo el aire de mi cuerpo quiso salir a la vez y no pudo. Me quedé parado como un bobo mientras tú recogías las monedas que habían rodado hasta detrás de la puerta.

    Inexplicablemente, me sonreíste y te disculpaste al volver a la barra para pagar. Me sentí tan avergonzado que mi voz se quedó atrapada entre mi estómago y la garganta.

    Quizá debería ser más atrevido y decírtelo en persona. O, como a menudo dice mi madre, ser más hombre y salir con fuerza a darle en la cara a mi propio destino. ¿Pero de verdad algo tan profundo como el destino puede estar ligado a una banalidad como la moneda que recogí del suelo del bar y no te devolví?

    Fue una moneda que no viste y cogí después de que te fueras. La agarré, la posé en mi mano y la miré como si nunca hubiese tenido una así, y quizá era cierto, porque esa moneda es tuya. Apreté con fuerza el puño y la metí en el bolsillo interior de mi chaqueta. No la he vuelto a sacar desde entonces, pero sé que sigue ahí, porque me gusta echarme la mano al pecho para confirmarlo cada cierto tiempo.

    Aunque te suene extraño y no sea importante, no me corresponde a mí tenerla y quiero devolvértela.

    He pensado mucho en la forma. No quiero que pienses que lo hice por tener una burda excusa para conocerte. En realidad, solo fue un impulso, un deseo que me atrapó, que no pude reprimir y que hoy me avergüenza. Por eso he decidido dejarla en el mismo lugar donde la recogí: a dos baldosines de la papelera que se encuentra a mitad de barra.

    Espero que te resulte honesto, y no excéntrico, lo que estoy haciendo. Solo pretendo aceptar que si acabo por conocerte es porque la vida lo quiere así, no por razones fundadas.

    Mi nombre es Juan y, aunque me gustaría y ya ambos sepamos nuestros nombres, creo que la próxima vez que te vea, tampoco te saludaré.

    Primeros pasos de ballet en el metro

    No cabe un pelo entre persona y persona en el andén y, disimuladamente, cuatro mujeres
    calientan sus tobillos haciéndolos girar. Son las siete cero tres y queda un minuto para que
    llegue el metro a la estación.

    A su alrededor, casi nadie tiene los ojos abiertos y muchos menos sonríen. Ellas ahora se
    estiran con los brazos bien levantados. Saltan con cuidado para no empujar a nadie y mueven sus cuellos de un lado a otro.

    Ya llega el metro y la gente se amontona en las puertas, y se empuja a cara de perro para
    conseguir un buen sitio en el vagón. Las cuatro mujeres se quedan al margen de estos juegos sucios y entran las últimas, porque saben que de cualquier forma encontrarán un hueco para poder viajar.

    Los que empujaban ya han entrado y ahora las miran mal, como si ellas no tuviesen derecho a entrar. Y eso que no molestan. Se deslizan y hacen sonar levemente los abrigos por el roce
    hasta que consiguen colocarse en fila justo a la entrada del vagón.

    Las mujeres se colocan con los pies en punta para ocupar el menor espacio posible. Las de los laterales estiran los brazos y se cogen de las barras; y las del centro, mantienen sus brazos alineados sobre los hombros de sus compañeras para no caer.

    El metro avanza y nadie se mueve hasta que llega a la siguiente parada. Varias personas
    empiezan a hacerse un hueco como pueden hasta llegar a la puerta y arrasan. Y la gente se
    queja. Oiga, por favor. Menos las mujeres, que ante el empujón se repliegan de forma
    acompasada hacia los laterales y se emparejan con un sutil giro.

    Los que estaban en el vagón salen. Y salen bien. Y los que esperaban en el andén entran, y las desplazan. Las dos parejas se deslizan con pasitos cortos, casi saltos, y se colocan en el otro extremo del vagón. Los que permanecen en el vagón se percatan del movimiento y las miran fijamente y fruncen el ceño.

    El metro sale y un viajero las increpa. ¿Os divertís? Las mujeres se mantienen mirando al frente a un punto indeterminado. Y el viajero sigue. Qué vergüenza, a estas horas. Y les incita a los demás. Vaya formas de viajar en metro, ¿lo han visto? Y más de uno deja caer el peso de su cuerpo hacia la zona de las mujeres que no pierden la postura.

    Cuando llega el metro, muchos que pensaban bajarse no se bajan porque ahora las empujan
    para separarlas. De un impulso, vuelven a unirse las cuatro en el centro, y entra más gente que no entra, pero entra. Y las mujeres alzan a sus parejas para ocupar la mitad de espacio, y parece que vuelan, con los brazos pegados al cuerpo y el pecho en alto.

    En el vagón, ya no pueden respirar. Pero dos viajeros consiguen estirar sus pies y pisar a las mujeres que están en el suelo. Solo les queda una parada. Nadie se mueve y hay alguno que se torna a un tono verdoso.

    Llega la última parada, se abre la puerta y hay gente que sale disparada hacia el andén. Entra aire y respiran. Y antes de que todos recuperen el color, las empujan de nuevo para echarlas. Las que estaban en el aire, caen. Clavan una rodilla en el suelo y esperan a sus compañeras que, con el pie atrapado, se desploman como desmayadas sobre sus brazos.

    Las puertas se cierran y nadie se ha atrevido a entrar. Ellas se levantan y aprovechan el último empujón para despegar del suelo. Levantan las piernas alto y dan un giro completo hasta que se posan frente a las puertas para salir. Ahora las cuatro miran las puertas y todo el vagón clava sus miradas en sus nucas.

    Nadie más sale en esta parada. Solo las cuatro mujeres. Todos las miran con malas caras y ellas se alejan hasta que se cierran las puertas. Entonces se giran, sonríen y se despiden con una reverencia. Mañana, otra vez.

    Los espárragos

    La policía acompañó a Mufasa al furgón y Juan Pedro se quedó en la puerta de la finca viendo cómo se llevaban a su mejor empleado. Que no le pagaba, que no tenía horarios, que ni siquiera le permitía salir de casa, decían. Estaba claro que no tenían ni puta idea de lo que exige el campo.

    Sin Mufasa, ya no podía recoger los espárragos. Trabajaba como nadie. Era responsable en cada tarea que le ordenaba, y perseverante cada una de las trece horas que trabajaba al día. Por eso, y un poco por su precio también, Juan Pedro le tenía en tanta estima.
    Recordaba perfectamente cuando lo sacó del juego. Debía dinero. Mucho dinero: mil doscientos euros. Más del que nunca conseguiría trabajando. Quizá por eso Mufasa era tan agradecido. Juan Pedro decidió pagar su deuda, y para que no corriera más peligro ni tentaciones se lo llevó a casa.

    Juan Pedro le explicaba esto a la policía, en su casa y en la comisaría. Pero que no les contase historias, que se las guardase para el juez. Un juicio. Con todo lo que eso suponía. Y Mufasa sin poder contar su versión, porque el pobrecillo no sabía español. Vaya gracia.
    Para el juicio, Juan Pedro contrató a un abogado muy serio. O al menos llevaba un traje muy caro. Y le libró de la cárcel. Eso sí. Pero no consiguió recuperar a Mufasa. Y los espárragos estaban a punto.

    La gente le decía que lo contratara. Pero cómo lo iba a contratar, si era como de la familia. Está muy feo mezclar familia con negocios. Para eso contrataba a cualquier otro y se dejaba de líos. No era una cuestión de dinero.

    Total que Mufasa se quedó en la calle. Bueno, en la calle no. En una casa de acogida, y tenían pensado que estudiase español y todo, para que pudiese elegir su trabajo.

    Por fin Mufasa podía hacer lo que quisiera con su vida. Y quizá por eso, o porque ya no sabía hacer otra cosa, dos días después del juicio, Mufasa llamó a la puerta de Juan Pedro. Pero para entonces Juan Pedro estaba lo suficientemente enfadado con Mufasa como para no recibirle. Así que fue Marisa, su sirvienta, la que le abrió la puerta y le dio los guantes y el cubo para recoger los espárragos.

    El acordeonista

    Tocas el acordeón en una ajetreada calle de Madrid. Tocas tres canciones, porque no te sabes más. Comienzas con una, sigues con otra y con la otra, para volver siempre a la primera. Y la gente pasa y te echa alguna moneda que a ti te alienta a seguir tocando. Pero hay gente que vive en los alrededores que no toca tu misma serenata, que plancha, que lee, o ve los informativos con tu continua banda sonora de fondo.

    Tocas el acordeón y una señora abre la ventana en el segundo piso, justo encima de ti, y te grita cosas que no son muy coherentes, porque tu madre no tiene ninguna culpa. Pero tú estás dominado por el ciclo que nunca acaba. Un, dos, tres, un, dos, tres. Y ya llevas más de cuatro horas. Piensas que a la gente le gustas, porque te echan monedas. Y en esto, el vecino del cuarto al otro lado de la calle, te tira un huevo, que no acierta a darte, pero no se queda lejos. Tú notas el revuelo y piensas que lo que ocurre es que la gente se está animando e incrementas el ritmo y tocas más fuerte. Y los vecinos se disgustan más. Una pareja te lanza una perola llena de cordero al chilindrón que llevaban preparando toda la tarde para cenar con la familia, pero que total, para qué van a cenar si no se escuchan los unos a los otros y no pueden charlar, que es lo que se hace en las cenas familiares. Y tú piensas que es tu día, que hasta cocinan para ti. Sonríes y das las gracias a todos sin dejar de tocar. Les jaleas. Y sale más gente a las ventanas y tú encantado. Te tiran una silla que esquivas con un movimiento de cabeza y te ríes porque entiendes perfectamente que ellos también quieran sentarse. Y les invitas a ello. Te lanzan una mesa, cuchillos, un televisor. Y un piano cae desde el quinto piso. Y tú feliz porque ahora alguien se sentará para acompañarte en tu tarara.

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