Esperaba sentado en el suelo de una plaza a que Elena volviera con algo de beber. La gente pasaba a mi lado y me esquivaba para no pisarme. Elena se hacía hueco con un botellín de cerveza en cada mano entre un montón de personas que se cruzaban sin respeto, como si no la vieran, como si quisieran que nunca llegara.

Yo no me levanté. Simplemente esperé con las piernas estiradas para reservar su sitio.

Al fin llegó y me dio una cerveza sin decir nada. La levanté a modo de brindis y fui a echar un buen trago. Después de un segundo con la botella volcada, me percaté de que el contenido no caía. En realidad solo desaparecía de la botella como un reloj de arena que se vaciaba… Solo se vaciaba.

Me separé la botella extrañado y miré con cara descolocada a Elena. Ella también me miraba así. Yo no podía hablar, o no quería. No lo recuerdo bien. Y después de un buen rato, habló: Raúl, esto no va bien, miró hacia el suelo y bebió de su botella.