Tocas el acordeón en una ajetreada calle de Madrid. Tocas tres canciones, porque no te sabes más. Comienzas con una, sigues con otra y con la otra, para volver siempre a la primera. Y la gente pasa y te echa alguna moneda que a ti te alienta a seguir tocando. Pero hay gente que vive en los alrededores que no toca tu misma serenata, que plancha, que lee, o ve los informativos con tu continua banda sonora de fondo.

Tocas el acordeón y una señora abre la ventana en el segundo piso, justo encima de ti, y te grita cosas que no son muy coherentes, porque tu madre no tiene ninguna culpa. Pero tú estás dominado por el ciclo que nunca acaba. Un, dos, tres, un, dos, tres. Y ya llevas más de cuatro horas. Piensas que a la gente le gustas, porque te echan monedas. Y en esto, el vecino del cuarto al otro lado de la calle, te tira un huevo, que no acierta a darte, pero no se queda lejos. Tú notas el revuelo y piensas que lo que ocurre es que la gente se está animando e incrementas el ritmo y tocas más fuerte. Y los vecinos se disgustan más. Una pareja te lanza una perola llena de cordero al chilindrón que llevaban preparando toda la tarde para cenar con la familia, pero que total, para qué van a cenar si no se escuchan los unos a los otros y no pueden charlar, que es lo que se hace en las cenas familiares. Y tú piensas que es tu día, que hasta cocinan para ti. Sonríes y das las gracias a todos sin dejar de tocar. Les jaleas. Y sale más gente a las ventanas y tú encantado. Te tiran una silla que esquivas con un movimiento de cabeza y te ríes porque entiendes perfectamente que ellos también quieran sentarse. Y les invitas a ello. Te lanzan una mesa, cuchillos, un televisor. Y un piano cae desde el quinto piso. Y tú feliz porque ahora alguien se sentará para acompañarte en tu tarara.