No cabe un pelo entre persona y persona en el andén y, disimuladamente, cuatro mujeres
calientan sus tobillos haciéndolos girar. Son las siete cero tres y queda un minuto para que
llegue el metro a la estación.

A su alrededor, casi nadie tiene los ojos abiertos y muchos menos sonríen. Ellas ahora se
estiran con los brazos bien levantados. Saltan con cuidado para no empujar a nadie y mueven sus cuellos de un lado a otro.

Ya llega el metro y la gente se amontona en las puertas, y se empuja a cara de perro para
conseguir un buen sitio en el vagón. Las cuatro mujeres se quedan al margen de estos juegos sucios y entran las últimas, porque saben que de cualquier forma encontrarán un hueco para poder viajar.

Los que empujaban ya han entrado y ahora las miran mal, como si ellas no tuviesen derecho a entrar. Y eso que no molestan. Se deslizan y hacen sonar levemente los abrigos por el roce
hasta que consiguen colocarse en fila justo a la entrada del vagón.

Las mujeres se colocan con los pies en punta para ocupar el menor espacio posible. Las de los laterales estiran los brazos y se cogen de las barras; y las del centro, mantienen sus brazos alineados sobre los hombros de sus compañeras para no caer.

El metro avanza y nadie se mueve hasta que llega a la siguiente parada. Varias personas
empiezan a hacerse un hueco como pueden hasta llegar a la puerta y arrasan. Y la gente se
queja. Oiga, por favor. Menos las mujeres, que ante el empujón se repliegan de forma
acompasada hacia los laterales y se emparejan con un sutil giro.

Los que estaban en el vagón salen. Y salen bien. Y los que esperaban en el andén entran, y las desplazan. Las dos parejas se deslizan con pasitos cortos, casi saltos, y se colocan en el otro extremo del vagón. Los que permanecen en el vagón se percatan del movimiento y las miran fijamente y fruncen el ceño.

El metro sale y un viajero las increpa. ¿Os divertís? Las mujeres se mantienen mirando al frente a un punto indeterminado. Y el viajero sigue. Qué vergüenza, a estas horas. Y les incita a los demás. Vaya formas de viajar en metro, ¿lo han visto? Y más de uno deja caer el peso de su cuerpo hacia la zona de las mujeres que no pierden la postura.

Cuando llega el metro, muchos que pensaban bajarse no se bajan porque ahora las empujan
para separarlas. De un impulso, vuelven a unirse las cuatro en el centro, y entra más gente que no entra, pero entra. Y las mujeres alzan a sus parejas para ocupar la mitad de espacio, y parece que vuelan, con los brazos pegados al cuerpo y el pecho en alto.

En el vagón, ya no pueden respirar. Pero dos viajeros consiguen estirar sus pies y pisar a las mujeres que están en el suelo. Solo les queda una parada. Nadie se mueve y hay alguno que se torna a un tono verdoso.

Llega la última parada, se abre la puerta y hay gente que sale disparada hacia el andén. Entra aire y respiran. Y antes de que todos recuperen el color, las empujan de nuevo para echarlas. Las que estaban en el aire, caen. Clavan una rodilla en el suelo y esperan a sus compañeras que, con el pie atrapado, se desploman como desmayadas sobre sus brazos.

Las puertas se cierran y nadie se ha atrevido a entrar. Ellas se levantan y aprovechan el último empujón para despegar del suelo. Levantan las piernas alto y dan un giro completo hasta que se posan frente a las puertas para salir. Ahora las cuatro miran las puertas y todo el vagón clava sus miradas en sus nucas.

Nadie más sale en esta parada. Solo las cuatro mujeres. Todos las miran con malas caras y ellas se alejan hasta que se cierran las puertas. Entonces se giran, sonríen y se despiden con una reverencia. Mañana, otra vez.