Era mi primera cita a solas con Irene, la tía más buena de toda la universidad. Lo había dejado hace poco más de un mes con su novio y no paraba de hablar de él. Cosa que a mí me daba igual.

-No puedo entender cómo un tío que está con una persona, que dice que lo da todo por ella, después no cumple -decía.

-No cumple, ¿por qué?

-Joder, porque no sé qué coño le pasaba, pero en la cama no llegaba.

-¿Pero eso había sido siempre así? -pregunté.

En realidad, me importaba una mierda, pero andábamos a un ritmo muy lento por el Parque de Oriente y eso me hacía pensar que la conversación iba para largo.

-Qué va. Al principio era un auténtico lobo.

-Quizá estaba pasando un mal momento.

-¿Mal momento? A mí sí que me hacía pasar malos momentos.

-Bueno, pues ya no tienes por qué… -empecé a hablar, pero me interrumpió.

-Mira, vamos a tirarnos aquí un rato.

Nos sentamos en la hierba y ella se acabó tumbando.

-¿Te has parado a ver alguna vez qué dicen las nubes?

-¿Cómo? -pregunté sorprendido.

-Sé que es una gilipollez. Y yo no creo en dios ni nada de eso, pero siempre pienso que las nubes nos hablan y nos dicen cosas del futuro porque desde ahí arriba pueden verlo todo.

-¿Y eso de dónde lo has sacado?

-Coño, yo qué sé, pero pienso que si las nubes son agua y el agua da vida a un cuerpo que tiene un lenguaje, ¿qué le impide comunicarse antes de crear ese cuerpo?

-No sé. Nunca lo había pensado así.

-Tampoco te digo que me lo crea. Simplemente que me gusta pensarlo. Mira, por ejemplo, yo ahí veo una casa como las que pintan los niños. ¿Ves la pared de la entrada y el tejado? Incluso, si te esfuerzas, puedes ver alguna ventana. Y entonces, me imagino que eso es lo que está viendo para mí: un pedazo de chalet enorme.

Ella se echó a reír y yo decidí seguirle el juego.

-Ya entiendo, ¡mola!

Permanecimos callados durante un tiempo. Encima de nosotros, dos nubes se juntaron y comenzaron a definir un martillo. No se veía muy bien, así que esperé. La parte de la piedra empezó a redondearse y ya casi se parecía más a un mazo. Pero entonces el mango comenzó a doblarse hacia abajo desde la junta y creó una figura algo más lánguida.

-¡Joder! -exclamé. Eso ya no era ni un martillo, ni un mazo.

-¿Qué pasa?

-Nada, que no veo ninguna forma y me da rabia -mentí.

-Bueno, sigue buscando. Seguro que encuentras algo que hable de ti.

¡Vaya que si hablaba de mí! Eso era un pene con unos testículos más grandes que el sol. Pero no podía decírselo. Era la primera nube que veía. Iba a pensar que era un depravado. Y después de esa paranoia del lenguaje de las nubes, lo mismo se pensaba que estaba proponiéndole que quería follar allí mismo. Joder, no podía haber visto un osito, un cisne o un zurullo de mierda, qué más da. No, tenía que ser eso.

-Mira, ¡una polla! -gritó Irene entusiasmada. Me quedé petrificado.

-¿Dónde? -es lo único que pude responder.

-Aquí, justo encima de nosotros.

-No la veo.

Entonces, una corriente empezó a alzar el manubrio. Estaba totalmente erecta.

-Joder, ¡si ahora se está empalmando! ¡Mira mira! -Irene me señalaba y me miraba para acompañar mi mirada hasta la nube.

-Qué va. Que no la encuentro.

-¡Si estás mirando justo ahí! ¿No la ves?

-No.

-De verdad, si no reconoces eso, no sé qué pollas tienes entre las piernas -se indignó.

Yo no supe qué responder. Por fin, la corriente consiguió separar el falo de los testículos, la figura se rompió y yo pude hablar.

-¿Está ahí? -señalé el miembro quebrado.

-Ya no. Anda, vámonos. -dijo Irene.

Nos levantamos y salimos del parque sin mediar palabra.