La semana pasada murió mi novia. Hace exactamente siete días. Los días que mi familia, mis amigos y las demás personas con las que he compartido mi vida han necesitado estar junto a mí para quedarse tranquilos.

Hoy estoy solo. Y lo peor de todo es que toda la fortaleza que me había prometido no existe. Supongo que solo era un contrato que tenía firmado con ella y que ahora también está enterrado varios metros bajo tierra.

Cuando todavía vivía, era fácil mirarla a los ojos y decirle con una sonrisa sincera que su muerte era lo de menos, que todo es efímero en esta vida y que lo importante es disfrutar del viaje. Ahora paso las horas preguntándome si mi viaje ya tenía los billetes cerrados desde el comienzo. Y si es por eso, que durante años he montado en autobuses pequeños, haciendo viajes cortos y pobres, porque debía estar aquí cuando llegara ella, para encontrarla y proponerle hacer el viaje de nuestra vida. El viaje de la vida que yo entonces poseía y le contagié.

Araño la tierra que tengo bajo mis pies. Hoy he venido a verte. Escarbo como si fuese a encontrar un tesoro, arrodillado, de la misma forma que podría pedirte algo que siempre supe que ibas a rechazar. Recuerdo las horas que he pasado así, buscándote entre las sábanas mientras tú luchabas por esconderte. Tímida.

Estas piedrecitas, color escarlata, podría haberlas traído yo mismo de aquellas playas de Santorini, ¿las recuerdas? Tú dirías que es arena, pero no lo son y no insistas. Ya no importa nada de eso. Ay, seguramente estés inquieta y hasta un poco molesta porque no estoy en casa, haciendo mi vida, como tantas veces me repetiste que debía hacer. Lo sé. Pero qué quieres que le haga. Tú ya me conociste así.

Sabes lo mucho que disfrutaba de nuestros paseos por el parque. De esas conversaciones sobre escritores que admirábamos y otros que me presentabas, que yo no conocía y ya no podré leer.

Recuerdo cada una de las terrazas que hemos cerrado, bebiendo café a unas horas, cerveza a otras. Y cómo nuestros vecinos de mesa iban cansándose los unos de los otros y dejaban las sillas para que llegaran otros, con risas, y de nuevo acabásemos viendo cómo se marchaban sin nada que decirse, mientras nosotros seguíamos hablando de cómo estaba el mundo, cada uno encerrado en sus cosas y ninguno centrado en lo importante.

¿Porque qué es lo importante de todo esto? Lo discutimos en tantas ocasiones y yo siempre defendí lo mismo. Por eso estoy aquí. Tú te quedabas callada, aunque en el fondo lo sintieras exactamente como yo, porque sabías que esto iba a ocurrir. Mira, ya no puedo pensar en otra cosa. Te siento tan cerca que solo puedo seguir levantando estos pedruscos, que cada vez me pesan más.

Aquí estás.

Ven, blancucha. Que no he hecho nada de lo que te prometí. Pero es que no puedo. Espero que lo entiendas. Ahora todo es diferente. Ya no puedo despertarte con caricias mientras te miro a los ojos para que yo sea lo primero que vuelvas a ver. O clavarte los dedos aquí, en este punto exacto de tu costado, para que te recorra un escalofrío por todo el cuerpo y comiences el día protestándome, y queriéndome.

En esta parte de la zanja, se está más oscuro que lo que siempre me ha gustado tenerte para mirarte. No alcanzo a verte con claridad, pero reconozco tus manos, delicadas, como las ramas de un árbol caduco, seco y frío, que amenazan con romperse a la menor brisa de otoño. ¿Cuántas semanas o meses habré estado agarrado a ti, así, tal y como estoy ahora?

Mírate, es el vestido que tú elegiste, liso, rojo y azul, de algodón, y quizá un poco poliester. Fresco, porque, sin salir de casa, ya sabías del verano. Lo tenías todo preparado para que fuese más fácil para mí y mírame ahora.

Trato de abrazarte. Solo han pasado unos días y ya te recordaba más pesada. Perdona, debo moverte un poco para hacerme un sitio. Así. Así puedo mirarte a los ojos. No, deja, tú duerme. No te preocupes por mí. Solo voy a mirarte un ratito más. Y acariciarte y peinarte el pelo. Y las cejas. Tocarte los labios que he mordido con rabia y amor a puñados cada vez que te pensaba en serio.

No puedo arrepentirme de nada cuando me he sentido tan lleno durante este tiempo. Lo intento pero, por más que me esfuerzo, no consigo sostener los ojos que me atan ásperamente a esta realidad. Tú, tranquila, sigue durmiendo, que yo me quedo aquí, a tu lado.