Me dispongo a sentarme en una silla. Es la primera del día, y muy probablemente no será la única. Ayer estuve en siete.

Esta primera es la del comedor. La uso para tomar cereales con leche, pero no hace ni dos minutos que me he levantado de la cama y creo que hoy no voy a sentarme tan rápido. Hoy voy a desayunar de pie. No es más cómodo, pero me siento más activo.

En el autobús, tampoco me siento. Una señora mayor que viene detrás de mí piensa que voy a sentarme y se sorprende cuando agarro la barra y me apoyo en la barandilla. Me mira extrañada, me sonríe y me da las gracias.

Llego a la oficina y me está gustando tanto el día que decido no sentarme. Viene mi jefe, y cuando me ve, me pregunta si he perdido algo. Le respondo que no, que estoy revisando un presupuesto y se va sin decirme nada más. Siento cómo se destensan los músculos de mi cuello por cambiar la postura de cada día. No pensaba que iba a ser tan agradable.

Como suponía, a mi jefe se le había olvidado algo. Vuelve, mira la silla apartada y me dice que tenemos una reunión a las doce en la sala de conferencias, que no me olvide.

Entro en la sala a las doce menos diez, por si hace falta que ayude en algo. Parece que no es necesario. Así que decido esperar apoyado en el respaldo de la última silla de la mesa, lo más lejos posible de quien preside. No voy a sentarme, así que prefiero no robar protagonismo.

A menos dos minutos, la sala está completa y podemos empezar puntuales. Pero a en punto, mi jefe me pregunta por qué no tomo asiento. Le digo sonriendo que esta mañana he decidido no sentarme en todo el día. Él me dice que me siente, que la reunión va a durar un buen rato y le contesto que no me preocupa, que me está yendo sorprendentemente bien. Me dice que va a hablar él, le digo que no le voy a molestar y empieza.

Cuando termina, me dice que me pase por su despacho. Voy directamente. Él se sienta y yo no. Me pregunta que qué pretendo. Me quedo extrañado. Le pregunto que a qué se refiere y me responde que a la actitud que estoy mostrando hoy. Le digo que estoy trabajando como todos los días. Me pregunta que si soy tonto. Yo debo no estar entendiendo algo y le vuelvo a preguntar que por qué me dice eso. Me recrimina que si estoy jugando con él y empiezo a asustarme porque se ha levantado de la silla y grita.

Me grita que se la pela que sea el tipo más productivo de la oficina, que de él no se ríe ni su puta madre y que si me creo tan listo que cronometre el tiempo que me cuesta conseguir trabajo en la cola del paro. Le pregunto que si me está echando y me grita que me vaya. Lo repite varias veces, así que antes de que acabe la tercera ya estoy fuera del despacho. Ante los gritos, todo el mundo se ha levantado de la silla y me mira.

Estoy bastante sorprendido. ¡Están todos de pie! Sonrío agradecido. Es un grato apoyo el de mis compañeros. Recojo mi escritorio y vuelvo andando a casa. No paseaba desde hace meses. Me sienta bien.