Apreciada Leticia, sé que no nos conocemos lo suficiente como para escribirnos. De hecho, tú no me conoces, y si yo sé tu nombre es porque he preguntado por el pueblo. Así que entiendo que esta carta no cambie nada entre nosotros.

Hemos coincidido varias veces en la sociedad de Arbizu. Tú casi siempre vas con tus amigas y tomas un Trina de naranja sin hielo. Yo suelo ir con mi padre para controlar que no se toma más que las dos copas de vino que le han permitido los médicos y bebo agua o una Cocacola.

Creo que la primera vez que nos vimos, o al menos que yo te vi, fue en la Semana Santa del 67, hace tres años, en la sociedad. Tú celebrabas con tus familiares el segundo día de Pascua. Parecíais felices y eso me gustó. No parabas de reír y abrías tanto los ojos que parecía que también quisieras reír con la mirada. En ese momento, pensé que era porque no tenías nada que ocultar, porque eres una buena persona. Y a día de hoy, todavía no he visto nada que me haga dudarlo.

Si en este tiempo no he contactado contigo es porque pienso que la vida fluye y, en ese trajín, la propia vida bien sabe dónde poner a cada uno.

Sin embargo, el viernes pasado hablamos por primera vez, o al menos tú me hablaste.

Yo estaba con mi padre, apoyado en la barra, simplemente esperando a que terminase su vaso. No nos dirigimos la palabra en todo el rato. Tampoco lo quería. Por eso miraba fijamente las botellas de licores olvidados del fondo de la barra cuando tropezaste conmigo. Sin querer, te tiré el monedero justo cuando lo abrías para pagar. Si no te ayudé en ese momento ni me disculpé, no fue por desidia ni desprecio —vive Dios que no fue eso —, sino que no imaginé que fueras tú y, al verte de sorpresa, todo el aire de mi cuerpo quiso salir a la vez y no pudo. Me quedé parado como un bobo mientras tú recogías las monedas que habían rodado hasta detrás de la puerta.

Inexplicablemente, me sonreíste y te disculpaste al volver a la barra para pagar. Me sentí tan avergonzado que mi voz se quedó atrapada entre mi estómago y la garganta.

Quizá debería ser más atrevido y decírtelo en persona. O, como a menudo dice mi madre, ser más hombre y salir con fuerza a darle en la cara a mi propio destino. ¿Pero de verdad algo tan profundo como el destino puede estar ligado a una banalidad como la moneda que recogí del suelo del bar y no te devolví?

Fue una moneda que no viste y cogí después de que te fueras. La agarré, la posé en mi mano y la miré como si nunca hubiese tenido una así, y quizá era cierto, porque esa moneda es tuya. Apreté con fuerza el puño y la metí en el bolsillo interior de mi chaqueta. No la he vuelto a sacar desde entonces, pero sé que sigue ahí, porque me gusta echarme la mano al pecho para confirmarlo cada cierto tiempo.

Aunque te suene extraño y no sea importante, no me corresponde a mí tenerla y quiero devolvértela.

He pensado mucho en la forma. No quiero que pienses que lo hice por tener una burda excusa para conocerte. En realidad, solo fue un impulso, un deseo que me atrapó, que no pude reprimir y que hoy me avergüenza. Por eso he decidido dejarla en el mismo lugar donde la recogí: a dos baldosines de la papelera que se encuentra a mitad de barra.

Espero que te resulte honesto, y no excéntrico, lo que estoy haciendo. Solo pretendo aceptar que si acabo por conocerte es porque la vida lo quiere así, no por razones fundadas.

Mi nombre es Juan y, aunque me gustaría y ya ambos sepamos nuestros nombres, creo que la próxima vez que te vea, tampoco te saludaré.